Hemerotekari begira: Antonio Rivera eta Jon Juaristiren berehalako erreakzioak aurkikuntzen aurrean

Antonio Rivera Eusko Jaurlaritzako Kultura Zuzendaria da, ezaguna da euskarari eta euskaltasunari dion maitasun berezia. I-V-ko aurkikuntzak 2006ko ekainaren 15ean aurkeztu ziren prentsaurrekoan. Hurrengo egunean (hori erreakzio gaitasuna!), “El preceptor egipcio” izeneko artikulua argitaratu zuen Correo-n. Lehenengo parrafotik ereiten ditu zalantzak Zubialdeko kasua gogoratuz, eta ondoren esaten dituenak ere mamitsuak dira.
Jon Juaristik, berriz, ez du aurkezpen beharrik. Esan daiteke bera dela PPren edo UPyDren ideologoa euskal gaietarako, kultura gaietarako, bederen. Honek ABC-n argitaratu zuen artikulua ekainaren 18koa da, aurkikuntzen hirugarren egunekoa, eta “Calvario” du izenburua. Merezi du irakurtzea. Hona hemen lehen parrafoa:
“Anda el personal vasco muy alterado por el descubrimiento de cerca de
trescientos grafitis de época romana en el castro de Veleya (Álava). El
caso es que entre ellos hay varios con palabras eusquéricas o similares,
otros con jeroglíficos egipcios y un tercer grupo con símbolos
cristianos. Los fragmentos de loza en que aparecen inscritos parecen
datar del siglo III o IV. Algunos medios hablan ya de la Biblioteca de
Veleya, lo que resulta un poco exagerado, y el diario abertzale Gara se
refiere a la consternación que ha producido el hallazgo (aunque no dice a
quién). Los arqueólogos recalcan la importancia del asunto, pero piden
prudencia a los periodistas, lo que en Vascolandia equivale a pedir
peras al árbol de Guernica. La sombra del escándalo se cierne sobre la
arqueología vernácula desde que saliera a la luz, hace unos años, la
falsificación de pinturas rupestres en una cueva del Gorbea. Los
especialistas se tientan la ropa, y no es para menos.”

 

Un preceptor egipcio
 Correo

Serafín, aquel ‘descubridor’ de las cuevas de Zubialde, volvió al anonimato sin una buena crónica. Su historia era la base para un cuento que desvelara las relaciones entre la sociedad, el individuo y la ciencia. En dos retazos, Serafín era el tipo de estudiante entusiasta que ya no abunda. A tal punto llegó su compromiso con la historia, su capacidad para embeberse de aquello que le contaban y leía, que reprodujo o retocó, nunca se supo del todo, unas pinturas prehistóricas extraordinarias en lo que de inmediato pasó a llamarse ‘la capilla sixtina del arte rupestre vasco’.

Confieso que el día en que escuché la primera noticia del hecho me conmocioné: vivíamos ya en tiempos de autosatisfacción vasca, en abril del 90, remontando la crisis de la década anterior, y volvíamos a ser los mejores. También en arte rupestre. Los mejores desde la noche de los tiempos. La noticia también conmocionó a la sociedad alavesa y vasca, y a sus instituciones. Importantes expertos no fueron capaces de esquivar la trampa de Serafín, y dieron validez a las pruebas. Más allá de nuestras fronteras, los ingleses desdeñaban la importancia del hallazgo con la simple revisión de unas fotografías del lugar. Era ‘lo esperado’ de la pérfida Albión. Pasaron los meses y el vídeo de las cuevas se convirtió en un éxito de ventas. Al final, un becario desocupado en un laboratorio alemán descubrió una fibra verde del estropajo con que se habían adecuado tan antañones trazos. Todo, o casi todo, era mentira. La Diputación, que tenía dos presupuestos para Cultura, uno si era verdad y otro si no, tuvo que volverse a este segundo. Todo regresó a su cauce normal, los vascos volvíamos a ser tal cual éramos y Serafín invirtió la recompensa de la institución foral en un piso, como hacemos todos. Más o menos, éste es el cuento, la historia.

Mentar a Serafín y a Zubialde para empezar a hablar de los hallazgos arqueológicos localizados en Iruña-Veleia es comenzar con un halo de sospecha. Nada más allá de mi intención: soy un ignorante casi absoluto en prehistoria, tengo buenas referencias del equipo de arqueólogos encabezado por Eliseo Gil y de los expertos que se han pronunciado hasta ahora, y nadie es tan tonto de repetir el crimen en la misma provincia y en el mismo milenio.

Interesa el recuerdo de Serafín para echar una pensada sobre esa relación reclamada entre sociedad, individuo y ciencia. Lo que sabemos hasta ahora atenta contra tres creencias profundamente interiorizadas en el alma popular por más que la ciencia lleve decenios presentando argumentos y pruebas en su contra: la cristianización tardía del solar vasco, su escasa romanización y la ubicación ultraperiférica de la región en los mapas de cualquier imperio clásico. Vamos, lo que se inventaron nuestros clásicos más recientes de hace poco más de un siglo: que aquí no había llegado a invadirnos nadie y que seguíamos tan puros y libres como en el sexto día de la Creación, cuando Dios hizo al hombre y a la mujer.

De nuevo los hallazgos vienen a corroborar que tales creencias no son más que eso, creencias interesadas, cuando no patrañas viejas. De paso, y a cambio, y para conformar el criterio de quienes hacen política del último cráneo milenario, el vascuence aparece en nuestras tierras, un vascuence cotidiano, de andar por casa, seis siglos antes que en San Millán de la Cogolla, lo que de nuevo cuestiona teorías harto asentadas entre la comunidad científica -pero más que posibles: constatar una situación de bilingüismo, por ejemplo- y permite desembarazadas afirmaciones sobre el origen de los tiempos euskaros a columnistas aplicados.

Estos días la prensa persigue expertos en filologías, en tablillas y restos rayados, en romanización, en vascuence arcaico y en egiptología. Desacostumbrados a los focos, habituados a un trabajo silencioso, exigente y en soledad, los expertos o no responden o, si lo hacen, es con una mesura desmesurada, como corresponde a su oficio y a su probada consideración de lo que es ‘la verdad histórica’. Es un testimonio ajeno al entusiasmo de portadas a cinco columnas hablando de preceptores egipcios en el siglo III de nuestra era o al echar cuentas y fotos de unas instituciones que ya piensan en la parte más banal, material y buscada de la cultura: en la explotación comercial del conocimiento, en turismo y visitas, en citas de lugares propios en la literatura científica internacional y, sobre todo, en sus revistas de divulgación, o en rentabilizaciones de marca del patrocinio del yacimiento. Son dos lenguajes, preocupaciones y tempos antagónicos, dispares. Y cada parte está siendo fiel a sus instintos: los desahogados y los precavidos.

Luego está la coletilla de que ‘todo esto hará cambiar lo que sabíamos de la historia’. Como si el científico, el historiador en este caso, no actuara cada día bajo ese precepto, cuando descubre una vez las fuentes del Nilo y cuando constata mil días seguidos que a lo que ha llegado no era a eso. Todo lo que es sólido se desvanece, todo lo que sabemos se pone a revisión en cada nuevo estudio, y pasa en la historia, en la medicina, en la física y en todo. Eso es la ciencia, tan sólida en sus exigencias para conocer como consciente de la precariedad de todo aquello que conoce.

En definitiva, tan cotidianamente aburrida para las demandas explosivas de los ‘media’. Lo que interesa al científico que ha localizado estas ostrakas milagrosas no tiene nada que ver con el interés de la prensa o del gran público. El problema es que, cuando pasen estos efluvios de la aparición y de la explotación del éxito, ¿con qué idea se habrá quedado el personal? ¿Con un saludable interrogante acerca de qué es y cómo se conoce lo que se sabe de la verdad o con una nueva reafirmación de sus creencias anteriores, por disparatadas que éstas sean? O, mejor, ¿sólo con el halo de misterio que trae consigo el preceptor egipcio de Iruña?

Hemeroteca > 18/06/2006 > ABC

Calvario

Actualizado 18/06/2006 – 07:30:35
ANDA el personal vasco muy alterado por el descubrimiento de cerca de trescientos grafitis de época romana en el castro de Veleya (Álava). El caso es que entre ellos hay varios con palabras eusquéricas o similares, otros con jeroglíficos egipcios y un tercer grupo con símbolos cristianos. Los fragmentos de loza en que aparecen inscritos parecen datar del siglo III o IV. Algunos medios hablan ya de la Biblioteca de Veleya, lo que resulta un poco exagerado, y el diario abertzale Gara se refiere a la consternación que ha producido el hallazgo (aunque no dice a quién). Los arqueólogos recalcan la importancia del asunto, pero piden prudencia a los periodistas, lo que en Vascolandia equivale a pedir peras al árbol de Guernica. La sombra del escándalo se cierne sobre la arqueología vernácula desde que saliera a la luz, hace unos años, la falsificación de pinturas rupestres en una cueva del Gorbea. Los especialistas se tientan la ropa, y no es para menos.
¿Qué tiene que ver este acontecimiento con la inminente negociación del Gobierno con ETA? Nada de nada, pero el barullo mediático induce a la confusión. En el caso de que se certifique la autenticidad de las inscripciones, se demostraría que en el siglo III se hablaba en Álava una lengua emparentada genéticamente con el eusquera actual, que los jeroglíficos egipcios se conocían en el Imperio Romano y que la introducción del cristianismo en el País Vasco fue muy anterior a aquel siglo VIII en que la situaba don Francisco Navarro Villoslada, autor de la famosa e insoportable Amaya. De lo primero, se tenía la convicción; de lo segundo, la certeza, y se sospechaba lo tercero. O sea que, en términos científicos, el paradigma no cambia. Si acaso, se consolida.
Lo que no prueban en absoluto las susodichas inscripciones es la existencia de una antigua Euskadi. Más bien lo contrario: revelarían la integración de aborígenes de lengua vasca o protovasca en la civilización romano-cristiana. Nada nuevo, por otra parte. El léxico del eusquera contiene un altísimo porcentaje de romanismos y, como ya observara Unamuno, casi todas las palabras vascas que aluden al mundo del espíritu son cristianas y latinas. No ha subsistido ningún concepto espiritual prerromano, con la excepción de la palabra gogo, que quiere decir cualquier cosa, desde «pensamiento» o «alma» a «estado de ánimo».
Hay algo que me escama en el lote arqueológico de Veleya y que se refiere a su pieza teóricamente más valiosa. Se trata de la representación esquemática de un Calvario, la más antigua del mundo, según los descubridores. En primer lugar, me consterna -como dirían los de Gara- que sobre la cruz central del mismo, flanqueada por otras dos, y con dos figuras antropomorfas postradas a ambos lados (¿la Virgen y San Juan?) figure la inscripción RIP (Requiescat in pace) en lugar de la preceptiva INRI (Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum). En un cristiano del siglo III este error no parece verosímil. Creían firmemente en la resurrección de Cristo y no le habrían colocado la fórmula destinada a los fieles difuntos que dormirían hasta oír la trompeta. Con todo, no es esto lo más desconcertante. Rodeando el Calvario central hay una profusión de cruces secundarias de las que penden sus crucificados correspondientes. Los arqueólogos alaveses afirman que puede tratarse de representaciones de dioses paganos. A mí, por el contrario, me hacen pensar en los rebeldes vascos o vascocántabros contra Roma que fueron crucificados por orden de Octavio Augusto en el monte Ernio, en Guipúzcoa (en el siglo XIX, el párroco de Ernialde, aldea situada junto al Ernio, tomó el nombre de Santa Cruz cuando se echó al monte como guerrillero carlista, en honor de los héroes allí supliciados). Lo malo es que dicha historia es una invención del siglo XVI, bien atestiguada, para justificar el mito del cristianismo precristiano o monoteísmo primitivo de los vascos. Cautela, pues, no sea que nos encontremos ante una reedición fastuosa de los rinocerontes peludos del Gorbea.
Kategoria: Sailkatugabeak. Gorde lotura.

Erantzun bat Hemerotekari begira: Antonio Rivera eta Jon Juaristiren berehalako erreakzioak aurkikuntzen aurrean-ri

  1. egilea: Felix Zubiaga Legarreta

    El testimonio de la infancia de los grafitos singulares de Iruiña Veleia ha sorprendido a no pocos, pero a algunos señores que escriben y predican según sus prejuicios sobre los demás, máxime, en la política de la cultura sobre el euskera, les ha cogido los dedos. Que unos niños de escuela que escribían en tabletas de desperdicios de alfarería les ha dejado con el pulso cambiado. El soporte ese del escrito puede estar muy bien tostado en el horno de fuego de hace dos mil años y resiste otros dos mil, mientras no caiga en manos interesadas que ya han recibido el primer castigo. No les valdrá esquivar el castigo.

Utzi erantzuna

Zure e-posta helbidea ez da argitaratuko. Beharrezko eremuak * markatuta daude